
Creo que con los derechos ocurre como con las personas: conforme van creciendo, van ganando en amplitud (el listado de derechos es cada vez más extenso) pero a la vez se van degradando.
Los juristas y politólogos hablan de tres generaciones de derechos. A saber:
La 1ª generación: los derechos humanos universales por antonomasia. Son los derechos herederos de las revoluciones liberales, singularmente la francesa, que dieron comienzo a la edad contemporánea. En realidad estos derechos no quedaron universalmente fijados (no digo extendidos) hasta el año 1949. No hay duda de cuáles son estos derechos: son los que tiene que ver con el ámbito de las libertades individuales, la libertad de expresión, de movimiento, de conciencia, de voto, etc. Son los derechos civiles y políticos. Dicho de otra manera, son los que tienen que ver con la LIBERTAD.
La 2ª generación: los derechos económicos y sociales. Son derechos herederos de los movimientos socialistas. Se concretarían en el derecho al trabajo, a una vivienda digna, a la sanidad, a la educación, a prestaciones sociales, etc; en general, el derecho al estado del bienestar. Tienen que ver con el reino de la IGUALDAD.
La 3ª generación: los más recientes de los tres; son los derechos ambientales y éticos. Herederos de los movimientos ecologistas, están relacionados con la construcción de un mundo en paz, en un medio ambiente sano y justo. Se podría decir que tienen que ver con la SOLIDARIDAD.
Los primeros derechos se definieron como derechos del individuo frente a los posibles atropellos del estado; son fundamentales, son inalienables, y nos pertenecen por el hecho de ser persona. Obligan a los poderes públicos en el sentido de que son jurídicamente exigibles.
Los segundos, en cambio, carecen de esa cualidad de ser jurídicamente exigibles. El estado debe orientar sus políticas hacia el pleno empleo, la universal escolarización, etc, pero en el fondo los tribunales no pueden hacer nada cuando los gobiernos “desorientan” su actuación hacia otros objetivos. Particularmente es lo que han hecho los gobiernos neoliberales de las últimas décadas que han primado por encima de todo el derecho a la propiedad, el derecho al beneficio, alzando por encima de todas las libertades, hasta el punto de anular a las otras, a la libertad de mercado.
Los terceros, a duras penas empiezan a ser aceptados universalmente, porque aceptar que todas las personas, por el hecho de serlo, tienen derecho a un mundo justo, sano y en paz tiene unas implicaciones que los poderes económicos establecidos y los beneficiarios del actual sistema mundial no están dispuestos a asumir.
Cada generación de derechos se sustenta sobre la anterior. No hay posibilidad de ningún derecho de segunda o tercera generación sin que los de la primera se hayan alcanzado. No hay derechos de tercera generación sin un estado de bienestar mínimo: no se puede disfrutar de una paz justa y de un medio ambiente limpio sin alimento, trabajo y vivienda.
Pero ¿qué pasa ahora con tanto derecho que hemos, teóricamente, alcanzado? Como decía más arriba, los derechos humanos fundamentales de la 1ª generación son jurídicamente exigibles, y desde que hay estados de derecho y tribunales internacionales, siempre habrá una esperanza jurídica de justicia en ese ámbito. Pero no ocurre lo mismo con los otros derechos: no hay esperanza de alcanzar un mundo justo en un medio ambiente sano si no se hace mediante la construcción de un gran consenso universal. Y no creo posible la construcción de ese consenso mientras no se desaloje de su situación de injusto privilegio a los grandes beneficiarios del actual sistema (esos ricos que cada vez son más ricos). La consagración mundial de la libertad de mercado y de los derechos del capital, está en contradicción directa con esto que pretendemos. El episodio de la última cumbre de Copenhague es una triste confirmación de esto que digo.
Aunque, quizás, ya nadie niegue que existe el derecho universal a un medio ambiente sano y justo, ¿es ese derecho al día de hoy algo más que una mera buena intención?
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Por ejemplo me considero radical, y no creo que la tan altamente valorada expresión de “en el término medio está la virtud” sea acertada por principio. No puede serlo, pues si lo fuera, la presencia frente a nosotros de cualquier fanático o de cualquier ignorante habría de llevarnos a aceptar que no tenemos del todo la razón y de que deberíamos encontrar el punto medio respecto a sus opiniones para un acuerdo.
Eluana Englano



