
Puede que a más de uno le resulte decepcionante o frustrante la respuesta a esta eterna pregunta, pero creo que deberíamos aceptar que no venimos aquí para nada, que la vida, la vida de cada uno de nosotros no tiene ninguna finalidad. Cuando aparecemos en este mundo no nos acompaña ningún sobre lacrado donde esté escrito un para qué, un algo que tengamos que hacer antes de morir. La vida es sólo una puñetera casualidad. En un cierto sentido, la vida no tiene ningún sentido.
Me encuentro estos días leyendo un libro, que por cierto no recomiendo a nadie (pues me ha resultado un poco decepcionante; una decepción, ésta, mucho más concreta que la producida por la respuesta a la que me refería en la primera línea), cuyo título es “La vida humana”, y su autor André Comte-Sponville.
Comte-Sponville es un filósofo francés autor de varias obras, de las cuales, por sus títulos, pues reconozco no haber leído nada suyo con anterioridad, me he fijado en algunas tales como “El alma del ateísmo”, “El amor, la soledad” o “La felicidad, desesperadamente”.
Bien, pues volviendo a “La vida humana” os diré que los capítulos de este libro llevan títulos tan concisos como: Antes, Nacer, Amar, Trabajar, Durar, Morir…, y contenidos igualmente tan escuetos como unas 5 a 10 páginas de letra e interlineado muy generosos. Uno de los capítulos, el que me ha resultado más interesante y me ha dado pie a estas reflexiones, es el denominado “Gozar, sufrir”. Nos habla aquí Comte-Sponville de las dos visiones, las dos interpretaciones, que la filosofía occidental, desde los griegos hasta nuestros días, tiene sobre la pregunta por el sentido de la vida. Éstas son: el epicureismo y el estoicismo. Simplificando, un tanto equivocadamente como cualquier simplificación, se podría decir que para los epicúreos el principio supremo es el disfrute y el placer, mientras que para los estoicos sería el principio ético, la responsabilidad.
Nos dice Comte-Sponville sobre los epicúreos: “El placer es el bien supremo (…) lo demuestra que todos los seres vivos, animales y hombres, buscan el placer o se complacen en él, desde que nacen, de la misma manera que huyen tanto como pueden del sufrimiento, y esto precisaba Epicúreo, de forma natural y sin discursos”.
Me encuentro estos días leyendo un libro, que por cierto no recomiendo a nadie (pues me ha resultado un poco decepcionante; una decepción, ésta, mucho más concreta que la producida por la respuesta a la que me refería en la primera línea), cuyo título es “La vida humana”, y su autor André Comte-Sponville.
Comte-Sponville es un filósofo francés autor de varias obras, de las cuales, por sus títulos, pues reconozco no haber leído nada suyo con anterioridad, me he fijado en algunas tales como “El alma del ateísmo”, “El amor, la soledad” o “La felicidad, desesperadamente”.
Bien, pues volviendo a “La vida humana” os diré que los capítulos de este libro llevan títulos tan concisos como: Antes, Nacer, Amar, Trabajar, Durar, Morir…, y contenidos igualmente tan escuetos como unas 5 a 10 páginas de letra e interlineado muy generosos. Uno de los capítulos, el que me ha resultado más interesante y me ha dado pie a estas reflexiones, es el denominado “Gozar, sufrir”. Nos habla aquí Comte-Sponville de las dos visiones, las dos interpretaciones, que la filosofía occidental, desde los griegos hasta nuestros días, tiene sobre la pregunta por el sentido de la vida. Éstas son: el epicureismo y el estoicismo. Simplificando, un tanto equivocadamente como cualquier simplificación, se podría decir que para los epicúreos el principio supremo es el disfrute y el placer, mientras que para los estoicos sería el principio ético, la responsabilidad.
Nos dice Comte-Sponville sobre los epicúreos: “El placer es el bien supremo (…) lo demuestra que todos los seres vivos, animales y hombres, buscan el placer o se complacen en él, desde que nacen, de la misma manera que huyen tanto como pueden del sufrimiento, y esto precisaba Epicúreo, de forma natural y sin discursos”.
Y nos dice sobre los estoicos, “Cualquier ser vivo está dispuesto a sufrir (…) si se trata de asegurar su supervivencia. La perseverancia en su propio ser es, pues, para cada uno, un bien superior al placer. Ahora bien, el ser propio del hombre es la razón; la vida racional (la virtud) tiene, pues, más y mejor valor que el goce”.
¿Con qué visión nos quedamos? Tendremos que elaborar la apropiada síntesis, pues resulta innegable que hay verdad en ambas. Por ejemplo, es cierto que (salvo en casos de desalmados absolutos o psicópatas) no es posible disfrutar del placer si sabemos que está sustentado sobre el sufrimiento de otros. Por ello no podemos ser radicalmente epicúreos. Pero también es cierto que la ética porque sí, o la vida sacrificada, no tienen ningún sentido salvo si se cree en un más allá que vendrá como recompensa. Y ¿quién puede creer ya en ello?
En resumidas cuentas, mi propuesta: adoptemos y apliquémonos los principios éticos necesarios para poder disfrutar de la vida, y vayámonos lo más contentos posible de esta puñetera casualidad que es nuestra existencia.
¿Con qué visión nos quedamos? Tendremos que elaborar la apropiada síntesis, pues resulta innegable que hay verdad en ambas. Por ejemplo, es cierto que (salvo en casos de desalmados absolutos o psicópatas) no es posible disfrutar del placer si sabemos que está sustentado sobre el sufrimiento de otros. Por ello no podemos ser radicalmente epicúreos. Pero también es cierto que la ética porque sí, o la vida sacrificada, no tienen ningún sentido salvo si se cree en un más allá que vendrá como recompensa. Y ¿quién puede creer ya en ello?
En resumidas cuentas, mi propuesta: adoptemos y apliquémonos los principios éticos necesarios para poder disfrutar de la vida, y vayámonos lo más contentos posible de esta puñetera casualidad que es nuestra existencia.
Circo du Soleil: ALEGRÍA