La primera vez fue en la conferencia que tuvo lugar en la Librería Aletheia el pasado jueves 14 de enero en la que participaron Julio Anguita y José María Vázquez (rector de la Universidad Internacional de La Rioja). La segunda ha sido estos días leyendo el libro de Victoria Camps y Amelia Valcárcel titulado “Hablemos de dios”. En ambos casos uno de los contertulios trataba de defender la laicidad frente al laicismo.
La laicidad sería una especie de estado de gracia en el que ya se ha conseguido la separación entre el estado (lo público, lo de todos) y la religión (lo privado, lo que tiene que ver con la conciencia).
En cambio el laicismo sería una especie de contrafundamentalismo religioso. Es decir, de signo contrario pero al mismo nivel que los fundamentalismos religiosos. La laicidad sería beneficiosa; el laicismo habría de ser evitado.
No lo comparto de ninguna manera. Claro que el “estado de laicidad” sería ideal, y llegados a ese estado no sería necesario ningún tipo de laicismo militante. Pero es que no es el caso. Es lo mismo que cuando hablamos de tolerancia: magnífico concepto, precioso término, pero idea engañosa. No se puede ser tolerante con los intolerantes. Y basta ya, por favor, de relativismo.
Que no me digan que soy igual que ellos cuando me posiciono tan radicalmente tras esta sentencia, que vuelvo a escribir para que quede clara: no se puede ser tolerante con los intolerantes. Si así lo hiciéramos (lo que hacen muchos relativistas) acabaríamos quedando en una situación de “inferioridad de convicciones” que daría lugar a un retroceso gravísimo de las conquistas de libertad, justicia y tolerancia alcanzadas.
Hay que aplicar la tolerancia cero a los maltratadores, a los racistas, a los violentos, y a un largo etcétera que incluye por ahora en este país, a los nacionalcatólicos, a los de la Conferencia Episcopal, a esos que nos quieren meter su religión con sopas, en la escuela, en las celebraciones oficiales, en las leyes si lo permitimos; esos que si dejáramos, nos harían retroceder a la edad media.

Hace unos días se ha sabido que la Iglesia Católica ha enviado cartas a diputados del Parlamento Europeo exigiéndoles una determinada actitud de voto. ¿Se puede ser tolerante con eso? ¿Hay que dejar hacer?