Ya sabéis de mi aficción a los opuestos, de mi tendencia a percibir la dualidad de las cosas o a intentar ver ambas caras de la moneda. No en vano varias entradas en este blog han adoptado en su titulo la forma de una confrontación de términos. Ejemplos de ello son: “
Lacicidad versus laicismo”, “
¿Más Ciencias o más Letras?", “
Cultura y Mercado”, o “
Tierra: amor sacro y amor profano” (una de las más antiguas). Y hay más.
El caso es que este juego de oposiciones tiene distinto objetivo en cada caso. Lo que pretendo hoy es demostrar que lo público y lo privado no son enemigos sino necesarios constituyentes ambos de una vida en libertad.
He leído recientemente el libro del sociólogo alemán
Wolfgang Sofsky titulado “
Defensa de lo privado” y convengo con él en que la privacidad es el fundamento de la libertad personal. Sin espacio privado no puede haber libertad. Qué estaríamos defendiendo cuando defendemos la libertad sino el derecho a ser distintos en nuestra individualidad, el derecho a “nuestro espacio de libertad”, a nuestra privacidad. Esto incluye el derecho a organizar nuestra vida según nuestros propios deseos, hábitos, creencias, y a hacerlo hasta dónde no topemos con el derecho de los otros.
Sin embargo no estoy nada de acuerdo con él cuando se posiciona contra el Estado como agresor por antonomasia de la libertad de los individuos. No opino lo mismo. Si bien efectivamente el Estado fue durante muchos siglos el máximo enemigo de la libertad, creo que al día de hoy es un necesario garante de la libertad del individuo frente a otro agresor mucho más peligroso: el Capital.
Por ejemplo, cuando se habla de la libertad de mercado, de la libertad de iniciativa privada como mejor ley de organización colectiva, lo que se está en realidad defendiendo es la libertad del capital frente a la libertad del individuo. Cuando se afirma, en la línea del liberalismo de Adam Smith y los modernos secuaces del neoliberalismo como Milton Friedman, que el interés propio, es decir el egoismo, en interacción y pugna con el interés de los otros, es el mejor medio de alcanzar el equilibrio social, lo que se está defendiendo no es otra cosa que una ley del más fuerte.
Revestido y amparado tras su sacrosanta libertad de empresa, el neoliberalismo pretende la desaparición del Estado como principal obstáculo al supuesto equilibrio propio que alcanzaría la sociedad capitalista. Pero ese equilibrio no es otro que el de la máxima concentración en manos de unos pocos. Esto ya quedó escrito hace ahora 150 años.
La libertad del individuo que defiende el liberalismo no es otra que la libertad del capital para obtener el máximo beneficio. Esto se hace a costa y contra la persona, pisoteando y destruyendo cualesquiera derechos, incluídos el derecho a la vida, a la salud, al trabajo, a la vivienda, a un medioambiente sano, y un largo etc. Porque el capital, mirando sólo su propio beneficio, incapaz incluso de preveer su deriva, destruye y esquilma todo lo que sustenta la vida sobre la Tierra, y se encamina, y nos encamina, a la destrucción.
Frente a ello, el estado y lo público, controlando y poniendo coto al capital, se convierten en el único garante de la igualdad real de las personas. Es cierto que el estado puede ser, y de hecho ha sido tradicionalmente, opresor del individuo e invasor de su privacidad. Aún más lo puede ser, y lo es en cierto modo al día de hoy, debido a los instrumentos de información y de control, tecnológicos y culturales, de que dispone. La clave está en la construcción de un verdadero Estado Democrático basado en la participación, en la equidad, en la justicia y en la ética. Un estado dotado de los necesarios instrumentos de control; y ahora me estoy refiriendo a instrumentos de control por parte de la ciudadanía. Un estado que garantice la igualdad de oportunidades, que promueva el acceso a la educación de todos (no sólo de los que tienen medios), que proteja el bien común frente a la usurpación privada.
Porque creo en todo ello, es por lo que desde siempre: he sido muy celoso de mi privacidad, he reclamado constantemente mi derecho a ser diferente, me he opuesto y he luchado contra el gregarismo, contra los instrumentos de control del estado, etc, etc.
Pero también, por ello mismo: me he agrupado para conquistar mayores espacios de libertad y me he asociado con quienes defienden el bien común; léase: los caminos públicos, un medio ambiente sano, un espacio habitable en mi ciudad, una movilidad sostenible, etc, etc.
Y para alcanzar o defender todo eso en lo que creo, es por lo que al día de hoy, considero imprescindible que nuevos hombres y mujeres con los que comparto estas mismas ideas, contribuyan a limpiar la política.
Empezaremos dentro de un par de meses por lo local, metiendo nuestra cabeza en el Ayuntamiento, a través de
ECOLO-Córdoba.